Hay una frase que muchos recuerdan asociada a la espiritualidad ignaciana, una máxima desafiante: «Hacer las cosas como si solo dependieran de ti y confiar como si solo dependieran de Dios». Es una fórmula que nos interpela, resuena en nuestros proyectos, fatigas y esperanzas. Aunque este conocido aforismo no es literalmente de san Ignacio, captura parte de esa tensión tan ignaciana. Nos sitúa ante una aparente contradicción que puede generar tanto un impulso creativo como una profunda inquietud.
La propuesta ignaciana no busca eliminar esta tensión, sino enseñarnos a vivir en ella de manera fecunda. Todo un reto intentar situarse entre esos dos ámbitos sin caer en la angustia de la autosuficiencia o en la parálisis de la pasividad. La respuesta de Ignacio es una invitación al equilibrio, él mismo realizó una síntesis madura que integraba la gracia divina y la cooperación humana. Pero no siempre fue así, en su treintena, el entonces Íñigo, alrededor de febrero de 1523, se preparaba para embarcarse hacia Tierra Santa desde Barcelona, deseaba viajar «sin ninguna provisión» ni compañero, poniendo su «confianza y afición y esperanza… en solo Dios» [Au 35, 518]. El capitán del barco le dijo que no le permitiría embarcar sin ningún tipo de sustento, al considerar llevar unos bizcochos como alimento, le asaltó un fuerte escrúpulo: «¿Esta es la esperanza y la fe que tú tenías en Dios, que no te faltaría?». Ante la duda, decidió consultar a su confesor, quien resolvió que pidiera y llevara consigo lo necesario. Aunque obedeció, Ignacio realizó un gesto que mostraba sus deseos de poner toda su vida en la Providencia: dejó o «olvidó deliberadamente» las monedas (cinco o seis blancas) que había conseguido mendigando en un banco junto a la playa antes de embarcarse, como prueba de su confianza puesta solo en Dios. Íñigo desea excluir cualquier apoyo o ayuda material… así entiende la confianza en Dios.
Con el tiempo las cosas cambiarán, Ignacio aprenderá de los extremos de Íñigo. La espiritualidad ignaciana se forja en el delicado equilibrio entre dos abismos que amenazan la vida espiritual: yo puedo con todo o Dios proveerá.
El primer abismo es una tentación muy propia de nuestro tiempo: una forma de pelagianismo, una confianza desmedida en los propios medios y en la autosuficiencia. Consiste en actuar creyendo que el resultado depende únicamente de nuestro esfuerzo, talento o estrategia. El propio Ignacio advertía contra el error de «confiar y esperar en medios algunos o industrias en sí solas». Es la trampa del activismo que, tarde o temprano, conduce a la frustración o al orgullo, olvidando que todo es regalo y toda capacidad es un don recibido.
En el otro extremo, nos acecha la sutil tentación del quietismo, una pasividad que espera que Dios resuelva todo sin nuestra participación activa. Es la tentación de abdicar de nuestra libertad y responsabilidad, confundiendo la confianza en Dios con la inacción, un ingenuo «Dios proveerá» que deja todo el peso en el lado de Dios. Ignacio fue igualmente claro al señalar el peligro de no tener «por vía segura confiar el todo en Dios nuestro Señor, sin quererme ayudar de lo que me ha dado». Esperar que la gracia actúe sin disponer los medios que la misma gracia nos ha proporcionado es malinterpretar la naturaleza de la cooperación divina.
La propuesta ignaciana no es un punto medio estático, sino un camino dinámico que transita con sabiduría entre estos dos precipicios. La síntesis madura ignaciana se resume en el deseo de «usar de todas dos partes». No se trata de elegir entre la acción y la confianza, sino de integrar ambas en una dinámica superior, donde la acción humana nace y se sostiene en la gracia divina.
La clave reside en la fuente de nuestro esfuerzo. Una cosa es actuar desde la autosuficiencia y otra muy distinta es hacerlo con magnanimidad. Esta palabra, tan querida por Ignacio, proviene del latín magnanimitas: magnus (grande) y animus (alma). Actuar con magnanimidad es actuar con un «alma grande», con una generosidad y una audacia que no brotan del ego, sino de la conciencia de que «todo es don y todo es gracia». Esta no es una mera abstracción; en las Constituciones, el propio Ignacio la identifica como una cualidad esencial para el gobierno de la Compañía, describiéndola como la «magnanimidad y fortaleza de ánimo» necesaria «para comenzar cosas grandes en servicio de Dios nuestro Señor» y perseverar sin desanimarse ante las contradicciones [Co 728].
Podemos citar al Padre Ignacio Casanova: «Esfuérzate en que te salgan bien las cosas, pero con un tipo de empeño que nazca no de tu ego, sino de la fe y confianza en Dios, que es finalmente quien lo hace todo posible, incluso tu esfuerzo». Cada uno, sin embargo, actúa «según la gracia que el Espíritu Santo le comunique, y el grado propio de su vocación», como se nos recuerda en la Fórmula del Instituto. Desde esta perspectiva, nuestra acción no es un logro propio que presentamos a Dios, sino nuestra forma de cooperar con la gracia que Él mismo nos ofrece para construir su Reino.
Pero, ¿de dónde brota la audacia para actuar con «alma grande» y la libertad para confiar de esta manera? La espiritualidad ignaciana nos ofrece un giro radical en la perspectiva. No se trata principalmente de nuestra confianza en Dios, como nos recuerda Nurya Martínez-Gayol, el fundamento último de la esperanza cristiana es que Dios tiene esperanza en nosotros.
La esperanza ignaciana no elimina la tensión entre la confianza en Dios y la acción humana; nos invita a vivir creativamente en ella. Nos enseña a poner todos nuestros talentos, energías y medios al servicio de la misión, pero con una libertad interior que nace de saber que el fruto último no está en nuestras manos.
Al final, si el centro, el motor y el fin de todo es Dios, podemos tomarnos menos en serio a nosotros mismos y arriesgarnos un poquito más, para darnos más, servir más y amar más. Porque no actuamos para construir nuestro propio legado, sino para colaborar en la obra de Alguien que ha puesto su esperanza en nosotros.
Quizás la mejor síntesis de esta entrega total, que es a la vez acción y confianza, sea la audaz oración del Padre Arrupe.
«dame, por favor, tal amor por tu persona para que sea yo también otro loco como Tú».
